Un viaje Más allá del ocaso

La Costa da Morte, ese tramo de litoral marcado por los peligros del mar, muestra a la vez uno de los paisajes más vivos e impresionantes de Galicia. Desde los puntos más extremos, las vistas empequeñecen nuestro mundo. Amaneceres y ocasos se llenan de significado.

La sensación de contemplar cómo se desvanece el día desde los acantilados aún cobra más valor cuando nos damos cuenta de que estamos asistiendo al último ocaso de la Europa continental. Debido a la situación del eje de la rotación de la tierra, esta circunstancia sucede en dos ocasiones cada año: entre el 24 de marzo y el 23 de abril y entre el 18 de agosto y el 19 de septiembre.

Los tres lugares desde los que mejor se observa este último ocaso están en el Cabo Touriñán, en el mirador de O Veladoiro, en Fisterra, y en el Monte Pindo. Estemos o no en estas fechas, siempre es buena idea terminar el día en la Costa da Morte.

Aquí proponemos un plan de tres días para tres puestas de sol extraordinarias:

1er día. Ocaso en Fisterra. Empezamos por un recorrido por el centro de Fisterra. En la plaza Ara Solis, ya vemos la importancia del sol en la historia de la ciudad, de la Finis Terrae. También la Casa del Cuadrante, a propósito del reloj de la fachada, nos lleva al sol y al tiempo, o casi a lo eterno.

Después de visitar el Castillo de San Carlos, que alberga el Museo de la Pesca, nos acercamos a la iglesia de Santa María das Areas, en la falda del monte del cabo, y a la ermita de San Guillerme, desde donde en los equinoccios se ve cómo el sol se alinea mágicamente con el pico del Monte Pindo.

Bordeando la costa, después de visitar el cabo y el Faro de Fisterra, enfrentándonos al Atlántico de lleno, podemos parar en la playa de Fóra. Más adelante nos aguarda el cabo da Nave y, en lo alto de los acantilados, el mirador de O Veladoiro que, más al oeste que el de Fisterra, nos asegura un ocaso una pizquita posterior.

2º día. Ocaso en el Cabo Touriñán. El segundo día seguimos rumbo al norte, a Camelle, en Camariñas, donde nos acordamos del ermitaño alemán que casi vivía como parte de la playa en el Museo Man. De camino al Cabo Vilán, paramos en el puerto de Arou y, más adelante, en el Cementerio de los Ingleses, donde descansan los 172 marineros fallecidos en el naufragio del Serpent en 1890.

En Cabo Vilán, visitamos el Centro de interpretación de los naufragios, faros y señales marítimas, imprescindible para sumergirnos en la vida de la costa. Y, ya que estamos aquí, subimos al mirador de A Virxe do Monte. Podemos aprovechar para hacer una parada en Camariñas, y visiar el Museo del Encaje y, ya por la tarde, acercarnos a Muxía, con sus tradicionales secaderos de congrio. Y, por supuesto, visitamos el santuario de A Virxe da Barca, donde seguimos la costumbre de encomendarnos a las piedras. Vemos como todo el mundo espiritual, del signo que sea, se rinde al poder de la naturaleza.

Tierra adentro, a unos 4 km, visitamos el monasterio de San Xulián de Moraime, gran obra románica en la que incluso descubrimos un antiguo mapa astral en una puerta. Y, por fin, nos encaminamos al Cabo Touriñán, el punto más occidental de España, para disfrutar de nuestro segundo ocaso.

3er día. Ocaso en el Monte Pindo. Nada mejor para empezar el tercer día que dar un paseo por la playa de Langosteira, en San Martiño de Duio. Después, podemos seguir hasta el Faro de Cee, a unos 10 km, que tiene unas vistas magníficas del Cabo de Fisterra, la playa de Carnota y las Illas Lobeiras.

Desde aquí vamos a Carnota. Allí, en el Museo Arqueológico Abierto, descubrimos muchísimos petroglifos de tema astral. Estando en esta zona, ya haga buen tiempo o malo, es una parada obligada la playa de Carnota, un paseo de 7 km de aire marino de primera.

La tarde la dedicamos a Ézaro, en Dumbría, donde el agua dulce se junta con el mar de golpe desde la fervenza do Ézaro. Y subimos al mirador, prueba dura en las competiciones ciclistas, para obtener una vista de pájaro de la zona.

Siguiendo el litoral llegamos al Monte Pindo, nuestro Olimpo celta. Arriba de todo, en el pico de A Moa, nos convertimos en monte para contemplar nuestro tercer ocaso maravilloso.

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