Hoy en dÃa es raro escuchar el chiflo (pequeña flauta hecha de cañas), y su consecutivo grito tradicional de “¡Aaaaafiladooooooor!. Pero cuando ese momento mágico sucede, la nostalgia se apodera de la mente de los gallegos que han contemplado esta combinación de profesión y modo de vida como un elemento más de nuestras tradiciones.Â
Y es que Galicia fue cuna de afiladores, más concretamente el municipio de Nogueira de RamuÃn, de donde, dicen, partieron los primeros con sus tarazanas. Se trataba de ruedas enormes, casi como las de una carreta, que iban protegidas por un armazón de madera y una gran correa, y que el afilador iba empujando mientras hacÃa camino.
Antes de que apareciese este caracterÃstico artilugio, los afiladores llevaban sus utensilios de trabajo a la espalda o cargados en un animal. Pero alrededor del año 1860 un afilador inglés dejó su rueda a arreglar en Liñares, en Nogueira de RamuÃn. Fue entonces cuando surgió la idea de mejorar la rueda que traÃa consigo aquel hombre, asà que decidieron hacer una maqueta y mejorarla, consiguiendo que se pudiese llevar sobre la propia rueda y ya no hubiese que cargar con ella. La madera de nogal, más ligera pero también más resistente ante las inclemencias del tiempo, fue el material escogido para nuestra tarazana.
A partir de ahà la profesión se fue extendiendo. Los afiladores ourensanos viajaron por Galicia adelante y cruzaron fronteras para ganarse la vida. Subieron sus tarazanas a los barcos que cruzaban el charco hacia las Américas y allà diversificaron su trabajo: ya no sólo afilaban cuchillos, empezaron también a arreglar paraguas, ollas, todo con tal de hacer crecer sus fuentes de ingresos para labrarse un futuro mejor y poder volver a Galicia.Â
Con vocación de vagabundos solitarios fueron creadores de un lenguaje nunca compartido con el resto de los mortales. Y es que ellos tenÃan un idioma propio: el barallete. Era tal la riqueza léxica de esta forma de comunicación que podÃan mantener largas conversaciones entre ellos sin que nadie los entendiese. Dicen que ese fue el principal motivo por el que surgió este lenguaje tan especial. Un lenguaje que llegó a los 5 continentes y que supuso mucho más que un modo de comunicarse, se convirtió también en una manera de no perder las raÃces de nuestra cultura.
A dÃa de hoy muchas palabras del barallete se siguen usando entre la gente de las aldeas, aunque ya “nexo veas arreadores animen maquinando por la callumeira y arromanando baralleteâ€. ¿No has entendido nada? Pues este es un ejemplo del tipo de frases que usaban entre ellos: no veas afiladores aquà caminando por la calle y hablando barallete. No era tan difÃcil, ¿no?
Pues si quieres saber más sobre esta profesión, que fue sustento de muchas familias y una importante fuente de ingresos en la zona de Nogueira de RamuÃn, y su idioma propio, sólo tienes que acercarte hasta su capital, Luintra, donde aún te podrás encontrar con habitantes que conocen el barallete, y donde se sobrevive, además, el último taller artesano de ruedas de afilar de España.

Me gustó mucho el artÃculo, mi bisabuelo que era lucense fue un gran afilador y paragüero y cuando falleció creo que por los años 1920 fue enterado en un nicho sepultura junto a su rueda de afilar, que asà lo habÃa pedido él.- Un abrazo.-
Gracias por tus palabras. Un saludo.
La verdad, no lo entiendo y es que al dÃa de hoy no se haya sacado un sello del afilador, se lo merece, no solo por el por la Galicia rural, nadie se ha recordado de él ni como oficio ni como trabajador, es el sÃmbolo de Galicia y es que los organizadores se merecen un suspenso no tener un sello conmemorativo y alusivo al afilador que iba por toda españa representando a Galicia enseguida se sabÃa que por allà iba un gallego por todos los pueblos de la penÃnsula.