Es uno de los elementos urbanos más retratados de Compostela y, sin embargo, no hay mucha gente que conozca su verdadera historia. Pocos visitantes se resisten a posar junto a la estatua de las MarÃas, en el paseo central de la Alameda, una obra que recuerda a dos personajes reales e inolvidables que llenaron a su manera de luz una ciudad mucho más gris de lo que ahora es.
Se llamaban Maruxa y Coralia Fandiño Ricart y todos los compostelanos de mediados del siglo pasado las conocÃan como «las dos en punto». Vestidas con trajes de colores luminosos y siempre delgadas en extremo e impecablemente maquilladas, paseaban cada dÃa por la zona vieja. Son proverbiales tanto sus zalamerÃas a los mozos universitarios como su mal genio. Maruxa, la menor, siempre dispuesta a echar un piropo y guiñar un ojo; Coralia, la mayor, más callada, más comedida. Son varios los locales de la zona vieja en los que aún se conservan imágenes de estas dos mujeres que formaron parte del paisaje santiagués durante décadas. Las dos fallecieron en los años ochenta y están enterradas en el cementerio de Boisaca.
Pero detrás de tanta extravagancia se escondÃa una historia trágica. Nacidas a principios del siglo XX, Maruxa y Coralia eran dos de los trece hijos de un zapatero y una costurera de la calle del EspÃritu Santo, al norte del núcleo histórico. Tres de sus hermanos eran militantes anarquistas y después del estallido de la Guerra Civil, en julio de 1936, la familia fue represaliada. Sin trabajo ni apoyo, cayeron en una pobreza en la que vivirÃan el resto de sus vidas.
Dicen que la locura de las «dos en punto» apareció en aquel momento, como reacción al terror y a la grisura de los tiempos. Las hermanas se refugiaron de la tristeza en su mundo de ropas de color y en su rutina de paseantes urbanas. Se convirtieron pronto en parte del paisaje de Compostela, una ciudad que quiso devolverles en solidaridad el daño que habÃa sufrido. Maruxa y Coralia nunca pidieron limosna, pero fueron muchos los que les ayudaron, como aquel tendero que les regalaba vÃveres contándoles que eran «promociones de empresa»; o los comerciantes que les cedÃan los artÃculos pasados de moda que ya no iban a vender para que ellas pudiesen mantenerse siempre hermosas y arregladas, suspendidas en el tiempo, como en una juventud eterna. En los años setenta, cuando una tormenta les levantó el tejado de la casa del EspÃritu Santo, los vecinos recaudaron la entonces astronómica cifra de 250.000 pesetas para repararlo.
La estatua de las MarÃas, obra de César Lombera, se colocó en la Alameda en 1994. Se inspira en una de las fotos más reproducidas de la pareja: Maruxa extiende el brazo izquierdo, mientras Coralia, que la toma del brazo, sujeta un paraguas cerrado en previsión de que caiga la eterna lluvia compostelana. Las docenas de personas que cada dÃa se retratan a su lado homenajean, quizá sin saberlo, la historia misma de Compostela en el siglo XX, trágica y perturbadora, sÃ, pero también luminosa y alegre como los trajes que les gustaba lucir a las hermanas Fandiño.
