Ocho miradores con estilo

Para disfrutar de unas buenas vistas, contamos con un montón de miradores en puntos estratégicos del paisaje gallego. Algunos de ellos aportan un atractivo añadido, normalmente una pieza escultórica que armoniza con el paisaje, y que los convierte en lugares especiales, de esos que no se olvidan. Aquí mostramos, de norte a sur, ocho ejemplos de estos miradores con estilo:

En la ciudad de A Coruña, las vistas más conocidas son las panorámicas desde la Torre de Hércules y el Monte de San Pedro pero, en la zona de O Portiño, al borde del Paseo Marítimo, hay un buen motivo para hacer un alto en el camino: la Fiestra aberta ao mar (Ventana abierta al mar). Es una obra en granito de Francisco Pazos. Recuerda al marco de una ventana, con su contra abatida y todo. Tres peldaños dan paso al vano, que enmarca un trozo de Atlántico. Delante vemos las Islas de San Pedro, archipiélago de pequeñas islas (O Vendaval, O Pé, O Aguillón) y varios islotes. Y mar y cielo.

A veces parece que algún gigante o giganta despistada hubiera dejado algo olvidado en su paseo. Por ejemplo, en Arteixo, alguien se dejó un catalejo, de los de “tierra a la vista”, de ¡15 m de largo! Por suerte, está acompañado de una silla bien alta, como las de los socorristas, para poder echar un ojo. En realidad, se trata de un conjunto escultórico, obra de Enrique Saavedra Chicheri, titulado Monumento al Voyeur, aunque es conocido como O Vixiador (El Mirón). Está en lo alto de un saliente de rocas que nos encontramos en el paseo marítimo de Sabón. Si nos sentamos en la silla y apuntamos la mirada, vemos un círculo con el horizonte: ¡Atlántico a la vista!

Uno de los miradores más recientes es el de A Cidade da Cultura, en el Gaiás, en Santiago. Allí, en el Bosque de Galicia, está instalado el grupo escultórico Espellos (Espejos), de Manolo Paz. Otra vez los gigantes dejando… ¿rosquillas? No… En realidad son dos grandes cilindros de piedra, de la cantera de Lamas de Abade, para más información. El uso del doble arco y la disposición de las piedras, nos recuerda a las construcciones del Camino de Santiago: muros, arquitectura románica… llevándonos a la conexión entre A Cidade da Cultura y el Camino (recordemos que la Vía da Prata tiene un tramo paralelo al Gaiás). Y al asomarnos entre las piedras, enmarcada en la elipse, la meta del caminante: la catedral.

Si en A Coruña teníamos una ventana al Atlántico, en Noalla-Sanxenxo, en la provincia de Pontevedra, tenemos una Porta ao Océano (Puerta al Océano). Noalla-Sanxenxo… ¿No es donde está el famoso banco? ¡Cierto! Pues para completar el mobiliario, ahora toca la puerta. Esta puerta es un marco blanco hecho de madera de roble, estratégicamente situado en Punta Faxilda. Los creadores son los mismos vecinos de Noalla-Sanxenxo que hicieron el banco. En esta ocasión, a la vez que dan una pista para la contemplación de las mejores puestas de sol, hacen referencia a una leyenda popular. Justo desde aquí, en la zona más próxima a la isla de Ons, en noches sin luna, salía la Santa Compaña, que venía del Monte do Faro, hacia la isla. ¿Y cómo cruzaba? Pues resulta que aparecía una puerta que la llevaba por encima del mar hasta las playas de Ons, donde la comitiva desaparecía bajo tierra en el cementerio de Canexol. Leyendas aparte, desde aquí tenemos una vista inmejorable del océano y las islas (Ons, Sálvora y las Cíes los días claros). Por lo de ahora, no se sabe de ningún viaje en la puerta nueva…

Tampoco se sabe qué habrá dentro del Monte do Faro, en Domaio, pero en el mirador de la cumbre salen dos manos gigantes del suelo. Las Mans do Monte do Faro (Manos del Monte do Faro) fueron talladas en madera, a base de motosierra, por José Antonio Fervenza “Yosi”, también conocido como “Yosi aizkolari”, de Moaña. Las manos están en postura de recibir, ya que hacen de cómodos asientos y, además, giratorios. Una lleva reloj y todo, de la marca “taller Yosi”. Aquí no es nada cansado contemplar las vistas, que abarcan toda la ría de Vigo, desde Redondela a las Cíes, Vigo, el puente de Rande, Baiona, Cabo Home y Silleiro, Moaña y Cangas.

Y si buscamos vistas de la Costa da Vela, de las Cíes y de Ons, un lugar ideal para encontrar el encuadre perfecto es la Caracola de Cabo Home, en Cangas, en lo alto del Monte do Facho. Esta buguina gigante está hecha de una estructura de acero, como si estuviera dibujada en el aire, que deja espacio a la vista y al movimiento. Pensada para escuchar el mar desde dentro de la caracola. Es una obra de Lito Portela, con la que intentó hacer una intervención sutil en el paisaje y en el enclave preciso para que, en la puesta de sol, este encajase justo en el centro de la espiral. Y parece que lo ha conseguido. 

Un clásico del Val Miñor es el mirador de A Virxe da Rocha (la Virgen de la Roca), en lo alto del Monte Sansón, en Baiona. El monumento se inauguró en 1930. La escultura, hecha en granito sobre las rocas del monte, fue diseñada por Antonio Palacios. Tiene 15 m de alto, y representa a la virgen con una barca en la mano derecha. La cubierta de la barca constituye el mirador, al que se accede por una escalera de caracol interior. La cara y las manos de la virgen son de mármol, hechas por Ángel García Díez. La corona es de porcelana. Esta escultura, además de ser un mirador, fue concebida como punto de referencia para los navegantes. Desde arriba vemos Baiona, las playas de Nigrán y hasta las Cíes.

Más al sur, tenemos otra perspectiva de altura, donde hay que andar con bastante cautela, por cierto, para no caernos. En el municipio de O Rosal, en el Monte Torroso, al lado de Santa Trega, en una zona llena de petroglifos, el siglo XXI también ha dejado su huella en las rocas. En este monte, los perfiles de las grandes piedras fueron aprovechados para labrar rostros fantásticos, que nos acompañan ante la panorámica que tenemos delante: A Guarda, Cabo Silleiro, desembocadura del Miño, Cíes y, hacia el interior, O Val do Miño. Las Esculturas de Monte Torroso son obra de Pepe Antúnez Pousa, Félix G. Fidalgo y Alejandro Durán.

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