Dormir en un pazo

Escuchar el canto de los pájaros desde el amanecer, algún gallo tal vez, sin el barullo de los coches; refugiarse entre gruesos muros de piedra llenos de historia; dar un paseo por los jardines entre el aroma de los bojs, puede que formando laberintos y todo, y los colores vivos de las camelias y las buganvillas, a lo mejor entre el frescor de fuentes, estanques, o incluso de arroyos; zampar buenas viandas al calor de la lareira, en vajillas antiguas; descansar tomando el aire en la solana, o dentro, en la biblioteca; escuchar los grillos mientras cae la noche… Casi podemos imaginar que el pazo ha pertenecido a nuestra familia a lo largo de generaciones y que ahora nos toca disfrutar de él. ¡Eh! ¡Despierta! ¡No todo el mundo tiene un pazo! Pero siempre tenemos la opción de pasar una noche en uno, por lo menos…

Es que muchas de estas casas solariegas, después de épocas de esplendor y de épocas de decadencia, de pasar de manos en manos, de acabar siendo residencias de verano, o casas de labranza, o incluso siendo expropiadas, llegan al siglo XXI transformadas en recurso turístico. Mantener un pazo en condiciones cuesta lo suyo así que, al diversificar sus funciones, se convierten en una fuente de rendimiento económico, o a veces simplemente una ayuda para mantenerse en pie.

Así, hay pazos particulares visitables, como el de Faramello, en Rois, que presume de ser el más visitado de Galicia; otros albergan museos, como el Quiñones de León de Vigo, o centros institucionales, como el de Gandarán, de Pontevedra, sede de la Misión Biológica de Galicia, o el de Lourizán, sede del Centro de Investigación Forestal; otros son famosos por sus bodegas, en las Rías Baixas, como el de Rubiáns, en Vilagarcía de Arousa, o el de Fefiñáns, en Cambados; otros lucen xardíns e camelias de fama internacional, como el pazo de Oca, Quinteiro da Cruz, ou A Saleta, que forman parte da ruta da camelia…

Por otro lado, con su toque rústico e histórico, los pazos son lugares entrañables para la celebración de eventos públicos o privados, fiestas, bodas e incluso conciertos, como los festivales de verano del Pazo de Cea, por ejemplo. Algunos se centran en la gastronomía, con cocinas a cargo de chefs de prestigio, como Pepe Vieira (paz da Buzaca), ou Pepe Solla (pazo de Cea).

Aunque, para aprovechar al máximo el ambiente del pazo, lo mejor es quedarse a dormir. Tenemos suerte, porque muchos se han convertido en hoteles. Son los cinco estrellas de los alojamientos rurales. Están clasificados en el grupo a, por lo que tienen que cumplir la condición de ser de antes de 1900 y de ofertar entre 5 y 15 habitaciones.

Normalmente cuentan con dos pisos y desván, orientados hacia el sur o el este, buscando el sol. Además de la casa principal, pueden conservar otras dependencias, como capilla, palomar, hórreo… y, sobre todo, mucho jardín.

Como Galicia está llena de pazos, y todos fantásticamente situados, hay variadas ofertas en el interior y en la costa. Aunque los más grandes y lujosos están en la provincia de Pontevedra, donde los protagonistas son los viñedos y las camelias. Por cierto que en Nigrán, en el Val Miñor, hay una calle de Los pazos, de las primeras en el ránking de vivenda más cara de toda Galicia.

Hay pazos con vistas al mar, como el de La Merced en Neda, Ferrol. Data del siglo XVI, y la leyenda dice que está unido por un pasadizo submarino al monasterio de San Martiño de Xubia, en la otra orilla de la ría. En el siglo XVIII fue fábrica de curtidos; en el XIX, convento de franciscanos y, desde 1991, alojamiento, siendo el primero en dedicarse a ello en la provincia de A Coruña. Como vemos, los pazos siempre en transformación…

Si somos más de monte, también podemos relajarnos en pazos entre montañas, como el de Freiría, en A Pobra de Trives, o el Pazo da Pena, en Manzaneda, por ejemplo, cerca de Cabeza de Manzaneda, desde el que podemos visitar el Parque natural del Invernadeiro o incluso acercarnos a Las Médulas.

A lo mejor lo que buscamos es un pazo con torres y escalinatas. Pues ahí está el de Torres de Agrelo, en Redondela, con vistas a San Simón y Rande, reconstruido en el siglo XIX sobre las ruinas de un convento franciscano. El Pazo da Touza, en la famosa calle de los Pazos de Nigrán, también cuenta con una buena torre y una hermosa balaustrada, además de curiosas gárgolas con cabeza de león.

Para la gente a la que no le baste el jardín, que sepa que hay establecimientos que también cuentan con recursos de ocio extra, como el Pazo de Sedor, en Arzúa (con pádel, piscina, huerta, bicis…); el de Bentraces, en Barbadás, Ourense, también con piscina; o el pazo de Souto, en Sísamo, Carballo (piscina, huerto ecológico, cafetería, pistas de tenis, parque infantil…), entre otros.

En fin, hay muchos pazos dónde elegir… Y dormir en uno de ellos, además de lo que tiene de relajante, es una manera de meternos de lleno en la naturaleza y en la historia de esta tierra.

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