Desfile de carnavales tradicionales de Galicia. Santiago de Compostela, 3 de septiembre de 2022

Vaya sorpresa se llevaron turistas y no turistas con la revolución multicolor de este sábado. No estamos en febrero, no, pero este desfile de final de verano es una manera estupenda de acercarnos al espíritu del carnaval gallego más tradicional. Casi se convierte en una invitación para que vayamos a vivir la fiesta in situ en invierno. Además, es una ocasión única, que parece sacada de un cuento, de ver mezclados los distintos personajes (pantallas, galos, xenerais…), que también aprovechan para ponerse al día entre ellos.

La cita era en la plaza del Obradoiro pasado el mediodía, donde la música ya estaba presente desde las diez y media, caldeando el ambiente. Empezaban a reunirse los participantes, tiñendo de color esta mañana algo nublada, mientras el público se amontonaba detrás de las vallas.

Desde aquí, entre el son de gaitas, tambores y cencerros, partió la comitiva. El itinerario la llevaría por el casco histórico: calles de Fonseca, de O Vilar, plaza y cantón de O Toural, calle de Xelmírez, Cinco calles, calle del Preguntoiro, plaza de Cervantes, calle de la Acibechería y plaza de la Inmaculada, hasta volver a la plaza del Obradoiro, principio y fin de la fiesta.

Y entonces, arrimados a las fachadas de las casas, pudimos respirar de cerca los carnavales de Vilaboa, de Verín, de Viana do Bolo, de Xinzo de Limia, de los Xenerais do Ulla, de los Volantes de Chantada, de las Bonitas de Sande, de los Vellaróns de Riós, de las máscaras de Samede, de los Galos da Mezquita, de los Follateiros de Lobios y de las Madamitas e Madamitos de Entrimo. Cada grupo, con un cartel con su nombre, para poder identificarlos fácilmente. ¿Todo el mundo preparado? ¡Dejen paso, que comienza el espectáculo!

Una marea colorida inundó los viejos barrios compostelanos, iluminando las piedras y arrancando risas, bailes y ganas de carnavalear, y eso que nadie iba disfrazado. Los ecos de las músicas y de los cencerros rebotaban en los soportales, metiéndonos el ritmo de la tradición.

Desfilaron las pantallas de Xinzo de Limia con su barullo, saltando al son de los ruidosos globos que batían sin parar. No globos corrientes, sino hechos de vejiga de vaca. Por si no estuvieran armando suficiente jaleo, las campanillas de los cinturones ayudaban con los agudos. Las pantallas imponen, con esa máscara que recuerda a un demonio, la cresta enroscada toda decorada y la capa corta muy colorida.

Tuvimos cuidado de no adelantarnos mucho cuando aparecieron los cigarróns de Verín, que venían zurrando con la zamarra (fusta). Con esas caretas y mitras pintadas, brincando con energía, estos señores con bigote y corbata también hacían mucho barullo con los cencerros del cinturón, vaya que sí.

Y entonces, ese potente sonido de tambores, ¿de dónde salía? Pues estaban marcando el ritmo del grupo de Viana do Bolo, que celebra uno de los carnavales más antiguos de Galicia. Los boteiros de O Bolo llevaban una oscura máscara de madera que metía miedo, en contraste con el traje multicolor y con un elevado tocado que dibujaba coloridas formas en el aire, hecho a base de alambre, cartón y papeles de colores. También llevaban cencerros y una moca (bastón) para dar paso a los folións (comparsas). ¡Vaya si brincaron!

Los Xenerais da Ulla cabalgaron solemnes por las calles históricas de Santiago, metidos de lleno en su papel. Los cascos de los caballos ya resonaban en la piedra del suelo compostelano, anunciándolos, ¡y por fin llegaron! Relucientes galones, pasamanería dorada, espadas, insignias, medallas… Muchos penachos de colores, incluso, en lo alto del sombrero, plumas de pavo real, vaya lujo. Y los caballos, adornados con sus mejores galas carnavalescas.

Las madamas y los galanes del carnaval de Cobres, en Vilaboa, le dieron un toque elegante al desfile. Iban a cara descubierta y con muchísimos collares. Lo más espectacular, los sombreros, llenos de adornos de colores (flores, plumas, trozos de espejo…). Desde luego, hay que entrenar para llevar ese peso encima…

Llegó un momento en el que no se sabía si debajo de los disfraces habría personas, realmente. ¿Quiénes eran estos animales con cuernos, cubiertos de pieles? Tenían que ser los peliqueiros del carnaval ribeirao, que con correa de cuero abrían paso a los volantes de Chantada. Los volantes parece que llevasen una sombrilla sobre la cabeza llena de cintas de colores que cuelgan de ella, y con adornos en lo alto. Este volante es incansable, gira y gira y salta al son de las esquilas, como un remolino de color.

Las Bonitas de Sande pasearon más tranquilas, caminando al son de la gaita. Llevaban un sombrero de madera muy curioso, adornado con plumas de gallina, pañuelos y cintas de colores. Las caretas eran de tela de alambre, con los ojos, cejas, boca y coloretes pintados por encima. Completaban la vestimenta con camisa y corbata, pantalón blanco y falda de colores, mantones de Manila y polainas negras con cascabeles. Y ojo, iban armadas con una vara de mimbre. Las acompañaban una vaca y un oso.

“Vello, vello, vellarrón, mete os cartos no bolsón!” (“¡Viejo, viejo, vejestorio, mete los cuartos en el bolso!”), vaya lema llevaban los Vellaróns de Riós en la pancarta. Hacían un conjunto muy uniforme. Todos con su enorme careta de cartón, con una gran nariz y barba de lana, y un traje con muchísimas cintas y flecos de colores, al igual que el sombrero. Pero cuidado, que iban dándole al látigo, habría que guardar bien los cuartos, por si las moscas…

Otro grupo que iba desfilando, de vez en cuando se paraba a bailar. Eran las máscaras de Samede, muy elegantes, con sombreros de plumas y cintas, mantón de Manila y castañuelas, que bailaban la muiñeira cruzada mientras los vixigueiros o contrarios, vestidos con harapos, andaban por el medio bromeando. También desfilaron los carolos, personajes vestidos de blanco con la cara cubierta con un cesto y… ¡un oso gigante!

En seguida adivinamos quiénes eran los Galos da Mezquita. Llevaban antifaz con flecos, traje multicolor, bastón y, lo más importante, sombrero con forma de gallo, de muchos colores. El andar parsimonioso, de señores gallos caminando con su bastón, de repente se veía alterado por alguno de ellos, que animaba al personal con un quiquiriquí y unas carreras.

Desde luego, hay que tomar nota de los trajes de los Follateiros de Lobios, los más ecológicos y reciclables de todos. Amarillearon las calles, inconfundibles, con las ropas cubiertas de follatos (las hojas del maíz), y cinturones y corpiños adornados con los carozos de las mazorcas. Incluso las caretas estaban hechas de cartón con granos de maíz pegados de distintos colores. Los conjuntos más trabajados hasta llevaban complementos de follatos a juego: collares, bolsos…

Y un toque de glamour o, más bien, de una burla de este, que para eso es el carnaval, por parte de las Madamitas e Madamitos de Entrimo. Ellas con sus enaguas blancas con bordados y encajes, sombreros de paja con cintas y velo, y máscara blanca. Ellos, a juego, con sombrero de cucurucho, cintas de colores y una capita al hombro. Muy conjuntados en blancos y rojos, daba gusto verlos.

Después de más de una hora de recorrido por la zona vieja de Santiago, las figuras más ancestrales de nuestro carnaval volvieron a la plaza del Obradoiro de retirada, acogidas por un público satisfecho que aprovechaba para sacar las últimas fotos. Ahora, toca recuperar fuerzas para vivir el carnaval en febrero y, después, en septiembre otra vez. ¡Hasta el año que viene!

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