La Morrena de Chaguazoso y la huella glaciar en las montañas de Vilariño de Conso

Lejos queda el tiempo en el que el hielo cubría buena parte de Galicia y en el que los icebergs llegaron a flotar en las aguas de sus rías. Diversas investigaciones calculan que fue hace más de 10.000 años cuando se dejaron de ver en nuestras montañas unos glaciares que ocupaban más de medio centenar de kilómetros cuadrados alcanzando un grosor máximo de 300 metros, pero en las inmediaciones de algunas cimas y en los valles que se abren a sus pies aún son visibles los vestigios de aquella época remota y fría.

 

Algunos de los ejemplos más sobresalientes los podemos encontrar en las tierras ourensanas de Vilariño de Conso, un municipio enclavado entre los montes del Parque Natural do Invernadeiro y la Serra de Queixa, cuya cumbre más conocida es la vecina cima de Cabeza de Manzaneda. 

 

Allí se encuentra el valle glaciar del Cenza, considerado como uno de los espacios de esta índole más importantes de Europa aunque en la actualidad se encuentra en gran parte bajo las aguas del embalse construido hace un cuarto de siglo. Lo que sí podemos ver con claridad es una formación geológica cercana que nos permite constatar la existencia en tiempos de glaciares en la zona y comprobar los efectos que esas imparables fuerzas de la naturaleza tuvieron sobre el paisaje. La Morrena de Chaguazoso, situada en las tierras de la parroquia de Vilariño de Conso de la que toma su nombre, impresiona a todo aquel que la contempla hasta el punto de haberse erigido en uno de los paisajes glaciares más conocidos de toda la comunidad. 

 

Los habitantes de la aldea Chaguazoso presumen de ser los vecinos de la provincia de Ourense que viven a mayor altitud y de tener a su alcance algunos espacios naturales de gran valor. Es el caso de la Ola do Cenza, una cascada que con más de centenar de metros de caída vertical se postula como la más alta de Galicia, y de un lugar de visita obligada para los amantes de la geología. No muy lejos de la aldea, en una zona en la que se sigue practicando el pastoreo, nos encontramos con un espacio ligeramente elevado y sembrado de bolos graníticos: la Morrena de Chaguazoso. Esa elevación y las enormes piedras que en ella se pueden ver desperdigadas entre la vegetación que da sustento al ganado no son más que el fruto de la erosión ocasionada por el glaciar y de su posterior depósito sobre el terreno cuando el hielo comenzó a retroceder hasta desaparecer por completo. El geólogo Juan Ramón Vidal Romaní ha apuntado que su antigüedad se remonta al menos a hace 21.000 años y que algunas características que la diferencian de otros restos glaciares de la zona, como su altura, permiten concluir que estos fenómenos se produjeron en distintas fases.

 

Entre esos bolos graníticos se esconde aún la respuesta a cuándo y cómo se formaron con exactitud, pero su tamaño y el área por el que están diseminados permite imaginar y dejarse maravillar con las dimensiones y la fuerza de una maravilla geológica que nos abre una puerta a un pasado helado y lejano.

 

 

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