Tiempos de titanio y contrabando en Balarés

Las playas de Galicia ofrecen mucho más que arena blanca y refrescantes aguas en las que refugiarse del calor estival. Son lugares que merecen ser visitados en cualquier época del año. Es el caso de Balarés, un arenal situado en el municipio de Ponteceso, en plena Costa da Morte, y que destaca no solo por su valor como espacio de ocio, sino también por su singular combinación de atractivos medioambientales e históricos.

 

Situada en el corazón de la ría de Corme y Laxe, la playa de Balarés es un paraje que atrae en verano a multitud de bañistas por su ubicación, más protegida de los embates del mar y del viento que otros arenales cercanos, y por el entorno que lo rodea, con un pinar y un merendero que se convierten en un buen aliados en los momentos en los que el sol más aprieta.

 

Pero, el lugar tiene mucho más que ofrecer, comenzando por una historia en la que hechos y leyendas se entretejen con la II Guerra Mundial como telón de fondo y cuyos vestigios aún se dejan ver hoy en día. Los orígenes del muelle que todavía cierra el extremo norte de la playa se remontan incluso algo más atrás en el tiempo, a mediados de los años 30 del siglo pasado, cuando el descubrimiento de un yacimiento de titanio en la zona propicio la constitución de la empresa Titania S.A.. Fueron los propios vecinos de la zona, hombres y mujeres, los que construyeron la estructura original de aquel muelle y los más veteranos de la zona aún conservan viva la memoria de una época y unos acontecimientos en los que se entremezcla la dureza de los tiempos de la Guerra Civil y la postguerra, las posibilidades de desarrollo que propició aquella nueva industria y los ecos de la Alemania nazi. 

 

La mayoría del mineral de Balarés fue enviado al País Vasco para ser utilizado en una empresa propiedad de alemanes. Pero ni los propios protagonistas locales de aquellos hechos tienen muy claro el uso final del titanio que se extrajo de la arena del lugar hasta los años 60, época en la que Titania S.A. cerró sus puertas. Hay quien explica que el mineral era empleado por la industria farmacéutica y por los fabricantes de fósforos, pero tampoco falta quien defienda que durante la II Guerra Mundial este mineral fue utilizado por los alemanes para reforzar las aleaciones de su armamento. De hecho, no muy lejos de Balarés, en el municipio de Santa Comba se encontraba la mina de Varilongo, de la que se extraía inicialmente hierro y cuarzo, pero que a comienzos de los años 40 se convirtió en un lugar estratégico para los nazis por la aparición de wolframio. Este mineral era conocido como el “oro negro” por su importancia en la fabricación de cañones y blindajes y también fue extraído en otro lugar próximo, la mina de Monte Neme, en Carballo.

 

Del puerto de Balarés partían las embarcaciones con el titanio de la explotación abierta en la propia playa, pero cuentan que el dique sirvió de escenario al contrabando de volframio y hay quien habla incluso de la presencia en las aguas próximas de embarcaciones alemanas y de la participación de personal germano en algunos de los trabajos realizados en tierra firme.

 

En la actualidad, además del puerto, aún se pueden ver en los alrededores de la zona restos de las piscinas en las que era depositado y procesado el mineral antes de ser embarcado. Un paseo por el lugar invita a descubrir los vestigios de aquella época y a dejar volar la imaginación tratando de completar los huecos de una historia aún por acabar de escribir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *