Moraime, una joya del arte y la historia en el corazón de la Costa da Morte

La Costa da Morte es una tierra rica en parajes que rebosan historia y patrimonio. Pero pocos pueden igualarse al lugar de Moraime y más concretamente a su iglesia de San Xiao, un templo situado en el municipio de Muxía que ha sido testigo y protagonista del paso de peregrinos, reyes y piratas, y cuyas piedras y entorno siguen desvelando secretos que se remontan incluso dos milenios atrás en el tiempo.

 

La iglesia, considerada una de las obras cumbres del arte románico en la Costa da Morte, fue levantada en el siglo XII y formaba parte de un monasterio ya desaparecido del que existen referencias en los inicios del milenio pasado. El albergue acondicionado en la antigua casa rectoral, construida en el siglo XVIII aprovechando a su vez parte de los restos del cenobio, es lo que nos queda de la antigua morada de los monjes. 

 

Los primeros tiempos del asentamiento fueron complejos y el lugar no tardó en convertirse en objetivo de diversos ataques, tal como recogen las crónicas de la época. Primero los normandos, en el año 1105 y poco después los sarracenos, en 1115, causaron importantes daños en el lugar tratando de hacerse con sus riquezas. Pero el conde de Traba, y sobre todo del rey Alfonso VII posibilitaron su reconstrucción y sentaron las bases del esplendor que viviría durante varios siglos. 

 

Las atenciones del monarca hacia Moraime no fueron fruto del azar o del capricho, sino que tienen que ver con un episodio histórico que allí tuvo lugar y que fue clave en las luchas dinásticas que se vivieron en el siglo XII. Moraime fue el lugar elegido por Pedro Froilaz, conde de Traba, para esconder y proteger al pequeño Alfonso Raimúndez, el futuro rey Alfonso VII, de los juegos de poder propiciados por el segundo casamiento de su madre, Urraca I. Tras la muerte de Raimundo Borgoña, su primer esposo y padre del futuro rey, Urraca I había contraído matrimonio con Alfonso de Aragón, el Batallador, lo que despertó el temor a que este decidiese librarse de quien podía oponerse a sus pretensiones al trono y a los derechos de sus vástagos. El conde de Traba procedió entonces a ocultar al futuro Alfonso VII en Moraime mientras daba sus primeros pasos una disputa que se prolongaría durante varios décadas y en la que los nobles gallegos y el obispo compostelano Gelmírez desempeñarían también importantes papeles. Unos años más tarde, lejos ya de Moraime, pero inmerso aún en el enfrentamiento con su padrastro, Alfonso VII realizó importantes donaciones para la reconstrucción del monasterio en cuyas celdas había encontrado cobijo.

 

En uno de los privilegios que otorgó al cenobio y a su abad, el monarca destacaba también el papel que el lugar desempeñaba en la atención de los peregrinos del Camino de Santiago. Situado a unos pocos kilómetros del santuario de Nosa Señora da Barca, Moraime era entonces y sigue siendo ahora un lugar de paso obligado para quienes al llegar a Compostela deciden continuar su ruta hacia Muxía y Fisterra.

 

Moraime también se benefició de la protección de los descendientes de Pedro Froilaz y del sucesor de Alfonso VII, el rey Fernando II, cuyas donaciones y privilegios también contribuyeron a la riqueza patrimonial del monasterio y de la iglesia. En la fachada principal del templo aún podemos contemplar su bello pórtico, en el que los expertos han identificado similitudes con el famoso Pórtico de la Gloria de la catedral compostelana. Y en el lateral orientado hacia el sur fue recuperada en el año 1978 una puerta tapiada en la que se puede ver una singular representación de la Última Cena en la que faltan comensales. Ese pórtico no es el único tesoro que Moraime había mantenido escondido. En los años 70 del siglo pasado también fueron descubiertos una valiosas pinturas murales, realizadas directamente sobre la piedra, que representan los siete pecados capitales y la muerte. Se estima que estos frescos datan del siglo XVI y que fueron empleados por los monjes a la hora de predicar y hacer llegar su mensaje a los habitantes de la zona. Su elaboración sería, además, otra de las consecuencias de los intercambios culturales propiciados por el Camino de Santiago, puesto que los expertos han identificado en los murales la influencia del estilo gótico flamenco y han atribuido este hecho a las tendencias que cruzaban Europa por las rutas de peregrinación a Compostela.

 

Pero la importancia de Moraime en la historia local no se limita al monasterio y a la iglesia de San Xiao. Antes de que los monjes decidiesen instalarse en este lugar, otros moradores habían ocupado ese mismo espacio. Unas excavaciones realizadas hace medio siglo permitieron descubrir un asentamiento romano al ser identificados los restos del sistema de calefacción de una villa. Durante aquellos trabajos fueron localizadas varias tumbas de la época germánica (siglos VII y VIII) y nuevas excavaciones en la zona llevadas a cabo en los últimos años han sacado a la luz enterramientos más antiguos, de los siglos IV y V, además de más restos pertenecientes a la época romana, como ánforas.

 

Solo el tiempo dirá cuántos secretos y tesoros del pasado quedan aún por descubrir en Moraime.

 

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