El legado de la minería cobra vida en Fontao

La minera es una actividad que se viene desarrollando en Galicia desde hace milenios. Sus huellas se dejan ver en numerosos puntos de la comunidad y en muchos de ellos esos vestigios forman parte ya de nuestro patrimonio histórico. Es el caso de algunas construcciones y parajes que se remontan a la época de los romanos, pero también de lugares que nos hablan de un pasado no tan remoto y cuyo recuerdo permanece aún muy presente en la memoria de algunos vecinos veteranos.

 

Viejos túneles, minas a cielo abierto y las edificaciones diversas que crecieron en torno a ellas dan forma a un mosaico que en algunos lugares ha cobrado una nueva vida. Así ha ocurrido en el municipio pontevedrés de Vila de Cruces, donde las instalaciones del la viejo poblado minero de Fontao acogen hoy una nueva zona residencial y una flamante centro divulgativo (el Museo de la Minería de Fontao) que permite conocer la historia de este importante yacimiento.

 

Fue durante la segunda mitad siglo XIX cuando el estaño que había en la zona atrajo la atención de la industria minera abriéndose así una etapa de explotación que se prolongaría por espacio de casi 100 años, aunque alternando momentos de inactividad con otros de trabajo febril. Al interés por el estaño se le sumó también el wolframio y durante unos años, a comienzos del siglo pasado, la empresa que explotaba los yacimientos de la zona tenía prácticamente el monopolio de la producción de ambos minerales en Galicia, aunque problemas internos, las fluctuaciones del mercado, la Primera Guerra Mundial y los avatares del período de entreguerras afectaron a la marcha del negocio propiciando que la explotación permaneciese cerrada en varios períodos diferentes.

 

Las aplicaciones en la industria militar del wolframio fueron el motivo por el que a partir de los años 20 del siglo pasado el auge de la mina de Fontao va a correr en paralelo a diversos acontecimientos históricos. Serán los conflictos armados (la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea) los que marquen los momentos de repunte de la actividad en las décadas siguientes. Durante la segunda de estas contiendas es cuando se vivió la mayor demanda de wolframio y consiguientemente, la explotación requirió de más mano de obra, llegando a contar con alrededor de 3.000 mineros.

 

A mediados del siglo pasado nació junto a la explotación una pequeña ciudad en la que junto a los barracones construidos para alojar a los trabajadores se fueron levantando otras edificaciones como las casas de los responsables de la mina, un cine, una escuela y una iglesia. También había en el poblado minero una decena de tiendas en las que era posible conseguir todo tipo de artículos, un campo de fútbol en el que el equipo local (el Minas Club de Fútbol) se llegó a enfrentar durante las fiestas patronales con conjuntos de Primera División y una plaza en la que se celebraba un mercado diario, tal como relatan los responsables del Museo de la Minería de Fontao.

 

La explotación de las galerías de la mina cesó en 1963 y aunque la explotación a cielo abierto se prolongó unos años más, la bajada de los precios del mineral propició que el yacimiento dejase de ser rentable y cerrase sus puertas definitivamente en 1974. Comenzó entonces un período de varias décadas de abandono hasta que las administraciones decidieron aprovechar el potencial del lugar dándole un nuevo uso, aunque manteniendo el recuerdo de la actividad que impulsó su nacimiento.

 

Los antiguos alojamientos han sido rehabilitados y puestos a disposición de la población de la zona y de los emigrantes retornados como viviendas de promoción pública. El cine ha sido reconvertido en una moderno auditorio provisto también de tienda y cafetería, Y la iglesia y las escuelas creadas para formar tanto a los hijos de los mineros como al resto de los niños de la parroquia albergan el espacio expositivo del Museo de la Minería de la Fontao. Cruzar sus puertas permite acercarse a los tiempos en los que la explotación estaba activa a través de paneles explicativos, maquetas, maquinaria, proyecciones audiovisuales y material fotográfico. Y pasear por su entorno y recorrer las calles que rodean las viviendas rehabilitadas ayuda a imaginarse cómo era la vida en aquel lugar hace medio siglo.

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