Santa María de Mezonzo y el románico rural gallego

En el cambio entre el primer y el segundo milenios, las colinas de Galicia se cubrieron de iglesias. Más grandes, más pequeños, los templos se fueron edificado durante dos siglos siguiendo un estilo, el románico, que se extendió por el noroeste con rapidez en algunos territorios y abriéndose paso entre los recelos de los más conservadores en otros. El Camino de Santiago fue el vehículo fundamental de este arte, quizá el primero enteramente europeo. Una de sus muestras más hermosas se encuentra en el interior de la provincia de A Coruña, en la parroquia de Santa María de Mezonzo.

Es imposible resistirse a fotografiar la cabecera de esta iglesia. Además del equilibrio conseguido por los constructores, de las finas ventanas bajo arcos de medio punto y del rosetón que da luz a la nave principal, Santa María de Mezonzo está rodeada por uno de los paisajes rurales más hermosos de Galicia. El edificio se hizo sobre un otero que asciende desde el río Tambre en el actual municipio de Vilasantar, en el interior ganadero de una provincia quizá más conocida por las localidades costeras.

De románico ciertamente tardío, pues data de inicios del siglo XIII, Santa María de Mezonzo tiene un origen muy anterior. Es lo que queda de un antiguo monasterio, probablemente fundado en tiempo de los suevos (siglos V y VI) y que contó con gran relevancia ya en el X. Cabecera y fachada son curiosamente muy diferentes: si en la parte trasera el románico encuentra una de sus realizaciones más equilibradas y ligeras, el frontal del templo se muestra como un recio murallón de cantería, apenas interrumpido por la puerta y una mínima abertura para que pase la luz. Los contrafuertes que soportan la pared oeste la dotan todavía de más apariencia de solidez. En el momento en que se construyó el interior el gótico era ya una realidad, cosa que se confirma a la vista de los arcos apuntados que sostienen el techo de esta pequeña pero preciosa construcción.

La iglesia es lo que queda hoy del monasterio, del que se sabe que contaba con una importante biblioteca y que fue el lugar en el que pasó sus primeros días como religioso uno de los personajes más conocidos de la historia de Compostela, San Pedro de Mezonzo. Había nacido muy cerca, en Curtis, en 930. Después de ordenarse sacerdote en Santa María, fue abad de Sobrado dos Monxes, convento al que pertenecía el cenobio de Mezonzo, y más tarde, obispo de Iria Flavia y Compostela.

No fue nada fácil el tiempo que le tocó vivir. Galicia estaba sumida en un doble terror, el del cambio de milenio, que hacía a la gente percibir señales horribles en cualquier suceso natural; y el que provocaban las incursiones de los musulmanes en zonas del norte de la Península. Una de estas razzias fue la que llevó a cabo el famoso Almanzor en 997, cuando llegó a Galicia al mando de un temible ejército. Después de arrasar Tui, se dirigió a Compostela, y San Pedro de Mezonzo ordenó evacuar la ciudad. Según cuenta la tradición, cuando Almanzor entró en Santiago, la única persona a la que encontró fue al anciano Mezonzo, orando ante el sepulcro del Apóstol. El caudillo musulmán ordenó que no se molestase al santo. Mientras, las tropas destruían el resto de la ciudad y, también según la leyenda, hacían que se bajasen las campanas de la Catedral para transportarlas a Córdoba.

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