Ribadiso

Ribadiso y el Camino de Santiago

Ribadiso es uno de los lugares más recordados por los peregrinos que completan el Camino Francés a Santiago. Este pequeño núcleo de población se transforma por completo en los meses fuertes de la Ruta, pero conserva siempre su característica fundamental, la que lo hace tan apreciado por los viajeros: ser una de las localidades mejor conservadas de todo el trazado jacobeo.

Aunque recibe peregrinos durante todo el año, está muy claro que Ribadiso cambia entre los meses de invierno y los de verano. La localidad es apenas una aldea de menos de cien habitantes, situada en la parroquia de Rendal y a unos pocos kilómetros de la importante villa de Arzúa. El topónimo indica perfectamente su ubicación: a la orilla del pequeño río Iso, un afluente del Ulla de algo más de veinte kilómetros de longitud que nace en las cercanas tierras de Boimorto para desembocar en la corriente principal a la altura del embalse de Portodemouros. Un puente atraviesa el Iso en ese lugar, y este es el punto fundamental en la historia de la población.

El puente tiene una larguísima historia que se puede trazar hasta los tiempos del Imperio Romano. Formaba parte de la vía por la que se llegaba desde la actual comarca de Compostela a la imponente Lucus Augusti y, como tal, fue empleada a partir de la Edad Media por los peregrinos que acudían a venerar los restos del Apóstol Santiago. De la importancia del lugar da fe el establecimiento en el medievo de un hospital de peregrinos regentado por monjas franciscanas y, posteriormente, propiedad del gremio de plateros compostelano. Un texto del siglo XVI atestigua la venta del edificio a un particular con la condición de que mantenga el hospital en buen estado y que atienda a los romeros como es debido.

Alrededor de puente y el hospital surgió un pequeño núcleo, muy semejante al que ahora se conserva, casi congelado en el tiempo. La restauración a la que fueron sometidos tanto el albergue como el entorno desde los años noventa del siglo pasado muestra perfectamente la morfología de una aldea agraria gallega tradicional, con las casas apiñadas junto al camino, acceso al río (un lugar fundamental para muchos peregrinos, que se refrescan allí después de la larga y complicada bajada desde Melide) y amplios campos de labor rodeando la población.

En la restauración se pintaron muchas ventanas de un particular azul claro que da alegría al conjunto. Las casas antiguas fueron arreglándose y adaptándose al nuevo uso, ya que ahora la aldea está centrada en la atención a los visitantes, que en verano se cuentan por centenares, llegados de todas partes del mundo, ya sea andando, en bicicleta o a caballo.

En Ribadiso son muchos los peregrinos que hacen parada entre etapas, aprovechando que existen varios albergues y establecimientos hosteleros. Se detengan o no, el siguiente movimiento que hagan va a ser exigente, pues deben afrontar una dura subida hasta Arzúa y, si deciden ir más allá, un terreno siempre ascendente hasta llegar al Alto de Santa Irene y el vecino municipio de O Pino. Desde Ribadiso, cuarenta kilómetros son lo que separa al peregrino de la meta final de la Ruta Jacobea.

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