Portomarín desde el Camino de Santiago

El Camino de Santiago es una ruta especialmente fecunda en vistas impagables. Hay muchos rincones que aparecen así, sin avisar, y que dejan al peregrino sin habla. Por ello es un trayecto tan particular y por eso quien lo recorre, vuelve. Hoy nos detendremos en una vista de esas que obligan a los pies a frenar y a los ojos a concentrarse en la belleza lejana: la de Portomarín desde las alturas.

El panorama se le aparece al peregrino a la altura del kilómetro 96 de la Ruta Jacobea (ya se sabe que, siguiendo  lo marcado en los hitos que hay junto al Camino, la distancia se mide a la inversa, y refleja los kilómetros que quedan hasta Compostela). Justo en el momento en que el trayecto deja la carretera LU-4203 para comenzar una prolongada bajada hacia el río Miño, en el lugar conocido como Marcadoiro, un grupo de edificios blancos se contempla a lo lejos, al otro lado del valle. Las construcciones están agradablemente distribuidas en la zona baja de unas montañas que se recortan en el cielo. En primer término, la bajada del Camino se retuerce entre árboles autóctonos y muros de piedra, semejantes a los que cruzan las lomas que el peregrino acaba de atravesar.

Lo que se contempla al fondo es la villa de Portomarín, y el extraño efecto de que se aprecie tan ordenada a la vista es que se trata de un pueblo planeado, construido hace apenas medio siglo, para alojar a los habitantes del antiguo núcleo, anegado por el embalse de Belesar en los años sesenta del siglo pasado.

El traslado de Portomarín fue toda una empresa colectiva. Los edificios más importantes de la villa se desmontaron piedra a piedra y se subieron al llamado Monte do Cristo, ladera arriba. Entre las construcciones vueltas a poner en pie se encontraban la iglesia de San Pedro, varios pazos o la famosa escalinata y la Capilla de As Neves por la que hace entrada el Camino en la nueva localidad. Y, sobre todo, la imponente iglesia de San Nicolao, antiguamente denominada de San Xoán. Esta iglesia-castillo románica fue construida entre los siglos XII y XIII y guarda entre sus volúmenes rotundos, casi agresivos, rincones tan destacables como la portada, dedicada a las imágenes del Apocalipsis, o un pequeño y delicado rosetón. En sus piedras aún hoy se puede ver la última huella que dejó la historia en el pueblo, en la forma de los números escritos sobre las piedras cuando fue desmontada, para después volver a colocar cada pieza en su lugar en el nuevo emplazamiento, lejos de las aguas del río.

La nueva villa, proyectada por el arquitecto Pons Sorolla, se dispuso alrededor de una plaza mayor en la que se colocaron tanto la iglesia de San Xoán como el pazo del General Paredes, y de otra plaza más pequeña presidida por la iglesia de San Pedro. Las viviendas y las calles intentaron reproducir la arquitectura de la zona, empleando materiales locales como la pizarra, y se dotaron de unos soportales muy característicos en los que hoy descansan de sus fatigas y del sol los peregrinos que recorren el Camino Francés.

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