Los sesenta molinos de Folón y Picón

El interior de Galicia tuvo siempre una materia prima en abundancia: el agua. Y los gallegos aprendieron a aprovecharla muy pronto. Basta con ponerse a caminar por la orilla de cualquier río, grande o pequeño, para encontrar restos de los molinos que hasta no hace tanto fueron una de las principales fuentes de riqueza de las localidades del interior y de la costa. En ellos se molía el grano para después hacer pan y también se hacía una vida social tan intensa que el baile festivo más conocido de la Comunidad se llama “muiñeira”, molinera. Los modestos molinos fueron auténticos protagonistas durante siglos de la existencia de los gallegos y las gallegas.

Ahora que han quedado en desuso, muchas de estas edificaciones han sido recuperadas como elementos etnográficos, en bastantes ocasiones en torno a rutas senderistas de gran atractivo turístico. Es el caso de la popular senda de los molinos de Folón y Picón, en el ayuntamiento de O Rosal, que permite recorrer en aproximadamente hora y media una de las mayores concentraciones mundiales de estos aprovechamientos hidráulicos.

El Folón y el Picón son apenas dos riachuelos comparados con la anchura del cercano río Miño. Sin embargo, unos sesenta molinos aprovechaban su fuerza para trabajar. En un recorrido señalizado de menos de cuatro kilómetros se pueden encontrar edificios de toda tipología, tamaño y variado estado de conservación. En ellos, a lo largo de los decenios los canteros y los propietarios fueron grabando marcas en la piedra que hoy perduran. Los molinos fueron construidos entre los siglos XVIII y XIX y recientemente restaurados.

Para afrontar la ruta hacen falta únicamente unas buenas botas y un poco de cuidado, por lo que la visita se puede realizar con niños, siempre echándoles un ojo en los lugares más complicados. La primera mitad asciende junto al río Folón. Un estrecho camino pasa junto a casi cuarenta construcciones dispuestas en escalera sobre la ladera del monte: un auténtico espectáculo de arquitectura popular que pocos se resisten a retratar. Es el fondo perfecto para una fotografía para el recuerdo. En lo alto se encuentra el llamado Chan da Cereixeira y la ermita de San Martiño, y es en ese punto más alto en el que los canales se dividen para dar agua a las dos líneas de molinos.

La ruta es circular y, por tanto, la segunda parte se realiza cuesta abajo, junto al Picón, alrededor del cual se encuentran unos veinte molinos y desde el que se pueden ver los restos de una calzada hecha con monumentales piedras grabadas por las ruedas de los carros durante siglos. En el recorrido es posible entrar en alguna de las construcciones, restauradas para permitir conocer cómo funcionaban estos aprovechamientos hidráulicos. También es muy curioso ver los diferentes canales y los muchos desvíos, hechos casi siempre en piedra, que se hicieron en su día para aprovechar al máximo la fuerza del agua: el Folón y el Picón serían corrientes menores, pero daban para alimentar a toda una industria de considerables proporciones. Es tentador sentarse un momento en una de las conducciones e intentar pensar en cómo sería la vida en el momento en que los molinos funcionaban a pleno rendimiento, con los vecinos subiendo hasta ellos sacos de grano por la empinada cuesta.

Los molinos de los ríos Folón y Picón son uno de los atractivos más importantes del Concello de O Rosal, pero ni de lejos el único. El municipio es bien conocido por sus vinos y una de las subzonas de la Denominación de Origen Rías Baixas, así que no es mala idea bajar a la villa una vez rematada la caminata para refrescarse con un blanco excelente.

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