Los misterios de San Guillerme de Fisterra

El culto al sol, antiguos ritos de fecundidad, la historia de un ermitaño deseoso de apartarse de la vida mundana y los primeros ecos de la prolongación hasta Fisterra de la ruta de peregrinación a Compostela conviven en un lugar lleno de encanto y misterio. En lo alto del Monte do Facho, en pleno Cabo Fisterra y con unas magníficas vistas de la ría de Corcubión y de la silueta del Monte Pindo se hallan los restos de la ermita de San Guillerme.

 

Hace ya más de dos siglos que la antigua construcción fue derruida así que su historia se entremezcla con la leyenda invitando al visitante a tratar de discernir donde acaba la primera y comienza la segunda mientras pasea sus restos. Los muros conducen a la gran piedra que cierra uno de los laterales del recinto y dónde se pueden ver un sepulcro antropomorfo y una gran losa horizontal que fue objeto del culto al sol (tal como demuestran sus gravados) y que sirvió también de escenario de un rito de fecundidad. Según cuenta la tradición, las parejas estériles deseosas de tener hijos debían dormir en el lugar para poder cumplir su sueño.

 

Como ocurrió con otros muchos espacios relacionados con ritos similares, el lugar fue cristianizado con posterioridad, aunque no existe un consenso total sobre quién fue el ermitaño que se instaló allí y que le dio el nombre que ha llegado hasta nuestros días. Hay quien sostiene que se trataba de Guillermo X, Duque de Aquitania, noble francés que peregrinó en el siglo XII a Compostela, ciudad donde falleció. 

 

Pero hay también quien relaciona el Guillermo de Fisterra con San Guillermo de Gellone, un caballero que vivió varios siglos antes y que después de haber participado en numerosas campañas militares cambió sus armas por los hábitos monacales. Según relata un antiguo cantar, durante la conquista de Nimes por parte de los francos a los sarracenos Guillermo de Gellone accedió a la ciudad disfrazado de mercader y con sus hombres escondidos en barricas. Esta historia lo liga también con Fisterra, puesto que en la localidad existe otra leyenda sobre una barrica de vino. En este caso, la narración recogida en el siglo XVI por un peregrino polaco en el diario de sus viajes por varios países de Europa explica que un grupo de franceses regaló al ermitaño de Fisterra una barrica de vino, pero que cuando este se disponía a subirla a la montaña fue engañado por un demonio y acabó derramando el preciado líquido.

 

En lo que sí parece haber más acuerdo es en que otro de los eremitas que habitaron con posterioridad la ermita fue George Crissaphan. Este peregrino húngaro llegó a Santiago en el siglo XIV y se encaminó hacia Fisterra tras preguntar en la Catedral compostelana por un lugar solitario y apartado. Aunque no tardaría en retomar su camino tras comprobar que la afluencia de personas iba en aumento.

 

Otros testimonios recogidos a lo largo de los siglos prueban también la importancia del lugar. En alguno de ellos se dice incluso que no había una única ermita allí, sino tres, y en otros que allí estaba enterrado el cuerpo de San Guillermo, pero que durante una incursión bretona fueron sustraídas todas las reliquias.

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