La puerta del Obispo Odoario y el inicio de la protección de la Muralla de Lugo

El doble reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco, tanto a título individual (en el año 2000) como en su condición de monumento destacado de los Caminos de Santiago (en el año 2015), fue la gran confirmación de la excepcionalidad y el enorme valor histórico y patrimonial de la Muralla de Lugo. Considerada como la construcción romana de esta naturaleza mejor conservada de la Península Ibérica, esta impresionante estructura defensiva de más de dos kilómetros de perímetro constituye en la actualidad un gran motivo de orgullo para los habitantes de Lugo y para los gallegos en general, que han visto como pese a los más de 17 siglos pasados desde su construcción ha logrado sobrevivir hasta nuestros días.

 

Aunque ese camino no fue fácil, tal como demuestran las modificaciones que son visibles en varios puntos de sus muros. De hecho, la existencia misma de la muralla llegó a peligrar en varios momentos de su historia. Su posible demolición para facilitar el crecimiento de la ciudad, tal como ocurrió en otras localidades, fue objeto durante el siglo XIX de un intenso debate felizmente resuelto en favor de la conservación.

 

Permanecen visibles, eso sí, las cicatrices de la pugna entre quienes no veían posible conciliar progreso y conservación del patrimonio y aquellos que defendían la importancia de respetar la historia y los monumentos. Entre estas cicatrices ocupa un lugar destacado la puerta del Obispo Odoario. Su apertura en los años 20 del siglo pasado fue, precisamente, la que marcó el punto de inflexión para la protección de la Muralla y su posterior puesta en valor. 

 

Ángel López Pérez, alcalde de la ciudad en cuatro períodos diferentes entre 1905 y 1931, ejecutó el proyecto para abrir ese acceso con el objetivo de facilitar el tránsito hacia el nuevo hospital de Santa María. Seguía los pasos de iniciativas similares acometidas en décadas anteriores para dar también acceso a otras instalaciones de nueva creación: la estación de tren, por la Puerta de la Estación (abierta en 1875, pero reconstruida en 1921); la cárcel, a través de la Puerta del Campo Castelo o del Obispo Izquierdo (abierta en 1887), y el seminario, por la Puerta del Obispo Aguirre (1894).

 

A comienzos de 1921, coincidiendo con la colocación de la primera piedra del centro hospitalario de Santa María, que hoy en día acoge parte de las dependencias de la Diputación Provincial de Lugo, Ángel López ordenó dinamitar la sección de la muralla más próxima para acometer la nueva vía de paso. Pero, la acción se topó con el rechazo vecinal y con una denuncia que acabó en los tribunales, puesto que no se habrían seguido los cauces legales adecuados para poder actuar de esa manera sobre la Muralla. Aquel proceso judicial no fue suficiente para reparar el daño y aunque el proyecto se prolongó durante varios años, finalmente, en el año 1928 fue inaugurado el último de los accesos abiertos en el milenario recinto: la Puerta del Obispo Odoario.

 

Pero la oposición que despertó esa nueva actuación y el revuelo suscitado apuraron los trámites para que el Gobierno español aprobase la declaración de la Muralla de Lugo como monumento nacional, un proceso que había arrancado varios años antes, pero que no había avanzado al ritmo deseado por los partidarios de proteger el monumento. El acuerdo oficial fue adoptado finalmente el 16 de abril de 1921. Desde entonces, salvo alguna actuación puntual en las puertas ya existentes, la estructura de la Muralla ha permanecido intacta e incluso se han acometido proyectos para eliminar parte de las construcciones que a lo largo de los siglos habían ido creciendo en torno a ella. En la actualidad, la Muralla no solo es un símbolo de Lugo, sino que se ha convertido en punto de encuentro y ocio para los vecinos que pasean sobre su adarve y para los turistas que acuden a la ciudad atraídos por su monumentalidad.

 

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