Equinoccio en la capilla de San Miguel, en Celanova

El urbanismo de la parte antigua de Celanova gira desde hace siglos alrededor del Monasterio de San Salvador, como giró desde siempre la vida de esta importante localidad de la provincia de Ourense. El edificio, enorme, majestuoso, comenzó a construirse en el siglo XVI, pero las obras se prolongaron durante centurias, dotándolo de una equilibrada mezcla de estilos. La mayor parte fue hecha, con todo, en el siglo XVII, con lo cual la huella barroca es la fundamental en su apariencia. No es este el monasterio original, pues el primero lo fundó a principios del siglo X San Rosendo.

Sede del poder eclesiástico durante siglos, buena parte de la vida cultural de la villa sigue gravitando alrededor de él hoy en día. Su fachada sobria y elegante guarda un secreto que le gustará conocer a quien goce aprendiendo de la historia local. A la derecha de la entrada principal hay una pintada, hecha con brocha y pintura negra, en la que se lee “Adiante Semanario”. Podría parecer una trastada hecha hace cuatro días, pero lo cierto es que lleva ahí desde 1933 y se refiere a un semanario y vida efímera promovido por intelectuales como Pepe Velo o el mismo Celso Emilio Ferreiro. Este último, uno de los grandes autores en lengua gallega, cuenta con un busto unas docenas de metros más allá, también pegado a las paredes del cenobio.

El gran monasterio acoge en su parte trasera un tesoro  pequeño en tamaño pero grande en atractivo e interés histórico. Se trata de la capilla de San Miguel, construida antes del cambio del primer al segundo milenio.

Es, por lo tanto, un edificio prerrománico, proyectado bajo influencia del arte mozárabe. Este estilo se reconoce bien en la forma de herradura de sus arcos, tan propia de la arquitectura islámica. No en vano la pequeña iglesia (el interior tiene poco más de 20 metros cuadrados de superficie) se levantó a mediados del siglo X.

Los muros son muy gruesos y al visitarla se comprueba el reducido espacio interior, dividido aún en tres minúsculas salas. El cuerpo central es algo más alto que el ábside y la antesala. En el exterior son muy característicos los modillones que sostienen los tejados y también las ventanas, altas y estrechas. Una inscripción sobre la puerta, hecha en la época de la construcción, pide al visitante que se rece por un pecador de nombre Froilán.

Cualquier momento es bueno para visitar esta joya prerrománica, pero si se puede escoger, la fecha ideal es en uno de los equinoccios, es decir, en el primer día de la primavera o el primero del otoño. La iglesia está orientada de tal forma que los primeros rayos de luz de esa jornada atraviesan longitudinalmente las espigadas ventanas del edificio y crean en la parte posterior un efecto fabuloso: de la capilla parece surgir una estrella de luz de seis puntas. Es habitual que en esas fechas se junte un buen grupo de personas para observar el efecto; el punto exacto desde el que hay que hacer guardia está señalado en el piso del jardín.

En el entorno de San Miguel hay, por cierto, vestigios que indican que la zona fue lugar de veneración mucho antes de construirse el oratorio, pues una de las piedras de la huerta podría haberse utilizado en tiempos antiguos para venerar al sol

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