El castro y el mirador de Santa Trega

Ya se ha comentado alguna vez más en este espacio que Galicia es tierra fecunda en montañas mágicas. La de Santa Trega, en A Guarda, bien puede ser una más. Situada en el extremo sudoeste de la Comunidad, es una enorme atalaya sobre la desembocadura del Miño, un elevado triángulo de tierra cercado a un lado por la localidad, al otro por el río y más allá por el océano Atlántico. En sus laderas cuenta, además, con uno de los castros más conocidos de la zona, un lugar en el que pequeños y mayores podrán aprender fácilmente cómo eran estos poblados prerromanos.

El castro de Santa Trega está en la mitad de la subida entre la villa de A Guarda y el alto de la montaña. Debió ser una población de importancia: se calcula que en ella vivieron entre 3.000 y 5.000 personas, y aunque la extensión que hoy se puede visitar es considerable, la mayor parte de la urbe continúa aún enterrada.

Las excavaciones comenzaron en 1912 de la mano de adinerados indianos, interesados por el pasado de la localidad en que habían nacido, y duran hasta la actualidad. La mayor parte de las edificaciones encontradas datan del cambio de milenio, entre el primer siglo antes de Cristo y el primero después de Cristo, aunque los trabajos arqueológicos han descubierto que el castro estuvo ocupado anteriormente, en el neolítico, y que fue habitado hasta bastante después.

La abundancia de casas de planta redonda habla de la escasa huella romanizadora que tuvo en su momento. Las cabañas se construían sobre el lecho de roca y contaban con una estancia principal, dotada en ocasiones de bancos, y un pequeño patio de entrada. En muchas ocasiones, estas casas se encuentran situadas alrededor de un patio mayor, lo que puede indicar que pertenecían a una misma familia o unidad. Además de viviendas, los investigadores han localizado inmuebles que sirvieron en su día de almacenes (el poblado era esencialmente agrícola, como muestran los muchos molinos hallados). Algunas de estas construcciones han sido recreadas para mostrar cómo vivían sus habitantes. Los niños lo pasarán de maravilla entrando y saliendo de estas peculiares máquinas del tiempo.

Una vez visitado el poblado es imprescindible subir hasta la cima del monte. Se puede hacer en coche a través de la estrecha pero cómoda carretera, pero también es posible hacerlo a pie, siguiendo un hermoso via crucis que lleva hasta lo alto y a la ermita de Santa Trega. La iglesia fue construida en los siglos XVI y XVIII, aunque tiene trazas anteriores. El via crucis es posterior, obra del escultor valenciano Vicent Mengual.

En lo alto se sitúa el antiguo restaurante, proyectado por el arquitecto de O Porriño Antonio Palacios y convertido después en museo de interpretación de la zona. Hay también un mirador de esos que quitan el aliento, pues permite una visión panorámica de 360 grados sobre la comarca del Baixo Miño y el norte de Portugal. Justo en el lugar en el que se mezclan las aguas del río y el mar se encuentra el curioso islote de A Ínsua, perteneciente ya al país vecino, en el que sigue en pie una fortaleza testigo de la estrecha vigilancia a la que, en tiempos, se sometían los dos países, hoy felizmente hermanados.

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