Retroceder más de 2.000 años en el Castro da Cidá de Ribeira

Aunque retroceder en el tiempo sea complicado, por no decir imposible, lo cierto es que podemos llegar a sentirnos como si lo hiciéramos en muchos puntos del territorio gallego. Los vestigios de la cultura castrexa han dejado huella en todas las provincias en forma de poblados que ocupan, en la mayoría de los casos, espacios con difícil acceso pero con una belleza paisajística inigualable. Generalmente dispuestos en las partes más altas de las montañas porque sus habitantes creían que estarían más cerca del más allá, podría decirse que los castros gallegos nos descubren auténticos miradores milenarios.

En Ribeira, en la provincia de A Coruña, se encuentra uno de los tantos ejemplos de este legado, el Castro da Cidá. Como es sabido, hace más de 2.500 años la razón de tal ubicación no tenía nada que ver con las vistas que el emplazamiento pudiese ofrecer. Sino que, creencias espirituales a parte, a esta distancia del mar la defensa de los habitantes de los castros era mucho más sencilla. Las características del entorno creaban una defensa natural que protegía al poblado del ataque de posibles enemigos. De hecho, en este caso concreto, la estructura defensiva se ayudaba de la propia forma del terreno -aprovechando el desnivel y el terraplén que lo rodea por una parte-  y de un cierre de rocas de 100x60cm -aproximadamente- por la otra.

El conjunto, que de momento se encuentra parcialmente excavado, se extiende a lo largo de unos 20.000 metros cuadrados y combina tanto viviendas cuadrangulares como circulares. Con parte del patrimonio oculto bajo la maleza y las piedras, todavía queda mucho trabajo por delante para conocer la riqueza de nuestros antepasados.

Para acceder hasta este punto, el recorrido más coherente es el que se indica a partir del mirador de Pedra da Rá, a escasos metros del asentamiento castreño. Desde él, después de admirar las vistas del parque dunar, las lagunas de Carregal y Vixián o -a lo lejos- el Faro de Corrubedo, se puede acceder al Castro da Cidá a través una senda apta para todos los públicos y sin dificultad alguna.

Sin embargo, el recorrido no tiene porqué terminar aquí. Cerca, a escasos ocho kilómetros, se puede visitar el Dolmen de Axeitos, en la aldea que le cede el nombre. También conocido como ‘A Pedra do mouro’, se trata de un monumento funerario megalítico compuesto por ocho grandes piedras lajas de granito, enterradas en la tierra y, sobre las que se apoya otra losa horizontal de grandes dimensiones. Una maravilla ancestral con un estado de conservación bueno que se puede visitar todos los días del año.

Cada uno de estos lugares nos permite reflexionar sobre las vidas de nuestros ancestros, sus costumbres y tradiciones, pero especialmente permite tomar conciencia de la riqueza de nuestra historia y lo mucho que queda por descubrir.

Sea como fuere, el viaje en el tiempo está asegurado con estas visitas.

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