Aldara, la mujer cierva y el Castelo de Doiras

Aunque el oso pardo es uno de los símbolos más reconocidos de la sierra de Os Ancares, lo cierto es que este espacio de enorme valor ambiental también guarda una interesante historia con una hermosa cierva blanca como protagonista. En el municipio de Cervantes, en la provincia de Lugo, se encuentra uno de los símbolos de la zona y escenario de tal leyenda, el Castelo de Doiras. Casi como si de un cuento se tratase, esta antigua fortaleza medieval declarada Bien de Interés Comunitario, emerge entre el bosque que la rodea y ofrece una instantánea mágica para sus visitantes.

A pesar de encontrarse en estado de abandono, todavía hoy conserva su belleza intacta. Un castillo, en pleno corazón de Os Ancares, que se levanta sobre una zona rocosa a unos 750 metros de altitud y que está custodiado por las laderas de las montañas de la sierra. En cuanto a su construcción -que se estima en el siglo XV-, se trata de una obra de planta rectangular con muros de dos metros de grosor -aproximadamente- que varían en altura debido a los desniveles del terreno. Además, y aunque ya de por sí es un edificio imponente, el fuerte cuenta con dos torres; una circular y otra, la Torre del Homenaje que alcanza prácticamente los quince metros de altura. Sin duda, un legado arquitectónico que despierta la atención y el recuerdo de la leyenda de La doncella cierva, historia que dio a conocer Manuel Amor Meilán en el volumen de Lugo de la ‘Geografía general del reino de Galicia’.

Pues bien, cuenta la leyenda que, hace muchos años, un caballero conocido como Froiaz y sus dos hijos, Egas y Aldara, vivían en el Castelo de Doiras y que un día, tras haberse anunciado el compromiso y matrimonio entre Aldara y el hijo de otro señor feudal, Aldara desaparece. En cuanto se percatan de su ausencia, tanto su padre como su hermano la buscan sin descanso por cada rincón del castillo hasta que, un ballestero afirma haberla visto dirigiéndose hacia un riachuelo cercano. En ese momento padre, hermano, la gente del propio castillo y el prometido de la chica, emprenden una exhaustiva búsqueda por los montes del lugar. Pasan las horas y los días y Aldara no aparece. Desanimados y sin resultados, después de tantos días tras su pista, dan por supuesto la pérdida de la hija del señor. Y es que, era muy probable que las noches en el bosque fuesen demasiado duras para una joven hidalga.

Pero, años más tarde, Egas ve pasar una hermosa cierva blanca mientras se encontraba de caza en lo alto del monte. Sin pensarlo demasiado, con un único disparo consigue terminar con la vida del animal. Maravillado por la hermosura de su pelaje, el joven no había pensado en cómo transportar semejante peso hasta el castillo sin la ayuda de nadie y decide volver en busca de refuerzos. Eso sí, antes de regresar decide cortarle una de las patas delanteras para guardar una especie de trofeo que le diese credibilidad a su hazaña.

La sorpresa fue que, en el momento en el que Egas le muestra a su padre la pata de la cierva, se encuentran con una mano de tez blanca, fina y con el anillo de la familia. Disgustados, padre e hijo recordaron que aquel anillo pertenecía a Aldara y salen hacia el lugar donde Egas había dado caza a la cierva. Allí mismo encontraron el cuerpo sin vida de Aldara, con un vestido blanco y una gran mancha de sangre sobre el corazón.

El empeño de padre e hijo por buscar algún tipo de explicación fue en vano. Pues cuentan que un hada la convirtió en cierva y la muerte se encargó de devolverla a su estado natural, aunque nunca se llegó a conocer la causa que motivó este hechizo.

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