Ritos ancestrales, leyendas y episodios históricos dan forma a los personajes más tradicionales del entroido

Tratar de rastrear los orígenes del entroido supone adentrarse en terrenos donde las nieblas del pasado permite entrever más conjeturas que certezas y donde la línea que separa la historia de la leyenda se difumina. Desde hace siglos, la celebración camina en el calendario unida indisolublemente a la Semana Santa, puesto que es esta última la que determina la fecha del miércoles de ceniza (inicio de la cuaresma) fijando así también el martes de entroido (la víspera) y con él, el resto de las fechas del ciclo festivo del entroido. Pero sus orígenes son anteriores en el tiempo a la escenificación de la Pasión y la Resurrección de Cristo y entroncan, en opinión de los expertos, con antiguas celebraciones paganas que posteriormente tuvieron que adaptarse a los postulados de la Iglesia católica.

 

Se trata de un fenómeno milenario que fue evolucionando con el paso del tiempo conservando elementos ancestrales, inmortalizando tradiciones y personajes locales, y recreando sucesos y episodios históricos. Todo ello se puede ver a través de los protagonistas que a día de hoy siguen centrando la atención de los principales entroidos gallegos y de las puestas en escena que llevan a cabo. Esta conjunción de tradición, historia, respeto por lo propio, arraigo y capacidad de atracción es lo que propició que hasta nueve de estos entroidos gocen hoy en día de la consideración de celebraciones de interés turístico. 

 

Un recorrido por esas celebraciones nos permite identificar sus diferencias, pero también hallar algunos aspectos comunes. El principal es ese afán irreverente de la mayoría de las celebraciones y el cambio de papeles que en muchas de ellas se escenifica. Pero aunque el entroido es una época de desenfado, fiesta, sátira e, incluso, burla hacia el poder establecido, en algunas de estas celebraciones emergen figuras de gran autoridad contra las que no cabe oposición. Es el caso por ejemplo de las Pantallas, las “máscaras” (elemento que por extensión sirve para definir a todo el personaje) que protagonizan los actos en Xinzo de Limia. En esta localidad, que presume de disfrutar del entroido más largo de Europa y también de uno de los más antiguos y declarado Fiesta de interés turístico internacional, la Pantalla representa durante unos días la máxima expresión de la autoridad y nadie osa faltarle al respeto durante su recorrido por las calles de Xinzo. Sus raíces se remontan a la época castrexa, al igual que podría ocurrir con los Cigarróns de Verín, aunque en este caso hay quien los liga con personajes no tan lejanos en el tiempo. Una leyenda relacionada seguramente con la costumbre que tenían los cigarróns de pedir dinero a gente que se encontraban en la calle o exigir una invitación en un bar, relacionaba esta figura con un antiguo recaudador de impuestos de los Condes de Monterrei.

 

Una explicación similar se ha adoptado para tratar de desentrañar también el origen del Peliqueiro, la figura central de la fiesta en Laza, localidad que constituye el tercer vértice del triángulo mágico del entroido ourensano. Una de las hipótesis sobre su origen explica que esta figura enmascarada sería la respuesta de los Condes de Monterrei contra los vasallos que se negaban a pagar impuestos, aunque también hay quien sostiene que sus orígenes entroncan con los festejos castrexos o romanos. El Peliqueiro tiene también paralelismos con las Pantallas, ya que ambas comparten el hecho de convertirse en la encarnación de tres poderes: el religioso (simbolizado en la mitra del personaje de Laza y en la máscara del de Xinzo), el social (como figura que organiza los actos del entroido) y el judicial, puesto que con la zamarra y las vejigas hinchadas, respectivamente, ponen orden e imparten castigos.

 

El ejercicio de una autoridad aderezada de travesuras y unos orígenes en los que también hay referencias a una rebelión contra el poder señorial está presente, asimismo, en el entroido de Maceda y en la puesta en escena del personaje central de sus fiestas: el Felo. Aunque también en este caso hay quien lo relaciona con sociedades más antiguas y con viejos ritos de fecundidad, iniciación y caza que explicarían la decoración tradicional de sus mitras con aves y otros animales de los montes cercanos de San Mamede.

 

Más difusos son aún los orígenes de las Mázcaras de Manzaneda, reconocibles por sus coloridos trajes y sus vistosos bailes, y que pese a lo que pudiera parecer por su nombre, llevan la cara descubierta. En Viana do Bolo, el personaje más importante de las fiestas es el Boteiro. Suya es la responsabilidad de abrir y marcar el paso a los vecinos que marchan en comitiva festiva por la localidad o por las aldeas de los alrededores formando el Folión, denominación también empleada para referirse a grupos similares en varios de los municipios anteriores.

 

Ya fuera de los límites de la provincia de Ourense, otros dos entroidos de interés turístico presumen de personajes tradicionales. En ambos casos resulta menos complicado rastrear sus orígenes. Las Madamas y los Galáns ponen el baile y la nota de color a la celebración en las parroquias de Santo Adrán y Santa Cristina de Cobres, en el municipio pontevedrés de Vilaboa. Hay constancia escrita de esta tradición a principios del siglo XVIII, pero se cree que el origen de los trajes que portan hombres y mujeres y de los bailes con los que recorren ambas parroquias tiene su origen en costumbres gremiales de los siglos XV o XVI. Más recientes aun son los Xenerais da Ulla, la singular aportación que los ocho municipios de la llamada comarca natural del río Ulla (A Estrada, Boqueixón, Santiago de Compostela, Silleda, Teo, Touro, Vedra y Vila de Cruces) hacen al entroido gallego. Los uniformes decimonónicos que portan los integrantes de los dos ejércitos festivos que participan en esta escenificación remiten directamente a los enfrentamientos bélicos ocurridos hace dos siglos (la Guerra de la Independencia, el Levantamiento de Solís o las Guerras Carlistas), aunque en este caso la palabra y los versos sustituyen a las armas para librar un divertido combate dialéctico.

 

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