La huella de Man sigue viva en Camelle

 

 

El 28 de diciembre, Día de los Inocentes, se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Manfred Gnädinger. Ese era el nombre que figuraba en su documentación, aunque para todos aquellos que supieron de su peripecia vital y artística era el Alemán de Camelle y para quienes lo conocieron en persona fue simplemente Man. A ese puerto pesquero situado en el municipio de Camariñas, en pleno corazón de la Costa da Morte, fue adonde este artista de origen alemán fue a dar a comienzos de los años 60 tras una crisis vital que lo llevó a romper con su vida anterior. Y allí fue donde permaneció hasta su muerte, en el año 2002, apenas un mes y medio después de que la huella de la catástrofe del Prestige alcanzase el lugar que había convertido en su hogar y en su medio de expresión artística. 

 

Man desarrolló en la Costa da Morte una peculiar forma de vida que despertó suspicacias al principio, pero que acabó por calar en los habitantes del lugar. Eremita y artista, huraño e incomprendido, pero también visionario en muchos aspectos, se hizo famoso por su peculiar vestimenta, apenas cubierto por un taparrabos, y por el lugar que eligió para reconstruir su vida: un espacio junto al mar, sin electricidad ni agua corriente, pero en pleno contacto con la naturaleza, mecido por las olas y en el que pudo dar rienda suelta a su pulsión artística.

 

Su comunión con el medio que lo rodeaba y la forma de vida que eligió no fueron siempre bien entendidos, pero la coherencia con la que desarrolló su vida acabaron por imponerse a los prejuicios. Man se dedicó a modelar el paisaje que lo rodeaba dando forma a las piedras y a los objetos que arrastraba el mar, pero también al cemento del dique construido en las inmediaciones del jardín museo que fue levantando con los años. 

 

Durante los 40 años que pasó en Camelle, Man fue creando también una ingente cantidad de material artístico en forma de dibujos, textos y fotografías. Y quiso que aquellos que lo visitaban pusiesen también su grano de arena aportando sus propias ilustraciones a los cuadernos que iba completando.

 

Con la marea negra del Prestige, su imagen, marcada por el dolor, se convirtió en un icono de la catástrofe y contribuyó también a avivar la ola de solidaridad que atrajo hasta las costas gallegas a miles de voluntarios dispuestos a luchar contra la marea negra. Pero el golpe que sufrió el lugar que había convertido en su hogar y la naturaleza que tanto amaba fue demasiado para Man. El 28 de diciembre del 2002 fallecía, según cuentan, a causa de la tristeza en que se había sumido.

 

Su legado se debate hoy entre la supervivencia y el regreso a la naturaleza. El Museo Man de Camelle abierto en un edificio de titularidad municipal se ha convertido en depositario de una parte importante de su producción artística y acoge una exposición que profundiza en la relación de Man con el medio en que vivió. Allí se pueden encontrar fotografías, bocetos, documentos con aforismos, objetos personales, cuadernos, dibujos realizados por las personas que lo visitaban y  algunas de las piezas que creaba con los objetos que arrastraba el mar. Y la que fue su vivienda, la Casa del Alemán, junto al mar, aún se pueden apreciar cómo era la precaria vivienda que ocupó durante décadas, aunque el paso del tiempo y la acción de los elementos (mareas y temporales) ha hecho ya mella en su jardín museo mientras prosigue el debate entre quienes defienden que habría que proteger también esas creaciones y quienes consideran que Man habría preferido que fuese la propia naturaleza la que tomase esa decisión. En lo que no hay duda es en que su mensaje de conexión con nuestro entorno natural permanece más vivo que nunca.

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